domingo, 22 de mayo de 2011

LAS 5PM DESDE EL OTRO LADO


Otra semana más de jornada laboral. Atrás quedó el lunes, con el fastidio de tener que salir antes de que todos salgan de sus trabajos en medio del bullicio en la ciudad para montarse en el tren.

Cada quien está atento a la hora que marca el reloj en la pared esperando que sean las cinco de la tarde, hora en que se finaliza la jornada laboral.

Rosa, delgada, alta, cabello largo negro. Sentada en su escritorio, disimuladamente mira el reloj, como quien no quiere. Abre su gaveta y saca un estuche de maquillaje. Piensa, es viernes, donde será la rumba. Qué fastidio, quiero ir al baño antes de la cinco pero el jefe está atento. Sigue fingiendo que está concentrada.

Edgardo, hombre mayor, pero no tanto. De contextura gruesa. No le presta atención a nada. Para él asistir aquel trabajo tedioso es lo mejor que le ha pasado. Dejó su empleo hace algunos años porque salió jubilado. No se quedaría en casa a escuchar la queja de su mujer. Piensa, por mí me quedara todos los días hasta las ocho, aquí son tan miserables que no quieren ni gastar luz.

Eduardo, es joven, corpulento, bien vestido. Está entusiasmado porque ya van hacer la cinco, no oculta su ansiedad y se sienta en la sala contigua a la salida a esperar la hora. Su mente divaga con la chica que conoció a la salida del tren, vivirá cerca, trabajará por aquí, quiero encontrármela.

La Sra. Gómez, muy blanca y de cuerpo rollizo. Con toda su parsimonia levanta su pesado trasero que pasó todo el día acomodado en la vieja silla que han reparado una y otra vez por su peso, mira el reloj, falta un cuarto. Dice,” ya falta un cuarto” en tono cantarín que chilla en los oídos. Todos buscan mirar el reloj con un gesto crispado.

El jefe, hombre de mediana edad, siempre trajeado y con olor lavanda. Frunce el ceño. Inmediatamente se voltea para identificar quién está pendiente de salir a la hora. No permite que nadie se quede pero tampoco le gusta que salgan corriendo como si fuera un colegio. Su oficina tiene la mitad en vidrio, dicen que fue intencional. Su altura le permite estar pendiente de todos con sólo mover su cabeza en un radio de ciento ochenta grados. Piensa, vamos a ver quién es el que sale corriendo, tienen que firmar la hora de salida.

Josué, parece contemporáneo con Edgardo, pero más conservado. El pelo le brilla por la gomina, con bigote. Está al final de la oficina. Desde su posición puede verlos a todo. Se encarga de elaborar la nómina. Actúa como si todos fueran sus enemigos. Los demás se sienten incomodos ante su presencia, creen que le va con cuentos al jefe. Alza sus ojos cansados y con arrugas visibles por encima de los espejos de sus lentes y se fija en rosa. Piensa, ¡ha rosa!, si pudiera invitarla a salir, tan joven, con esas piernas. Su rostro repentinamente evidencia sus pensamientos y rosa voltea, con su mirada le dice mil cosas para luego lentamente mover su cabeza en actitud de sobrada.

Tic, toc, tic, toc, son la cinco. Todos se disponen a levantarse de sus sillas menos Edgardo y el jefe. Las cinco y un minuto, Eduardo muy risueño, quizá pensando en la chica que quiere encontrarse, abre la puerta mientras voltea despidiéndose, “feliz fin de semana”.

De repente se choca con el dueño de la empresa que entra azorado, se asusta, retrocede un paso.” Dr. Pérez, qué le pasa”. El otro con tono irónico, “ya veo que están listos para irse, ni un minuto le regalan a la empresa” mientras se dirige a la oficina del jefe.

Los que están en fila para salir a la libertad se paralizan. Josué, apenas se está colocando su chaqueta cuando escucha el discurso del Dr. Pérez. El jefe adulador se levanta de su oficina, “Dr. Pérez cómo está”. No escuchó el discurso que dio a la entrada. Los que se disponían a salir se devuelven.

“Dígame Sr. Jaramillo, le dice al jefe. Es que esta oficina es una escuela que todo el mundo está esperando que el reloj marque la cinco para irse”. El jefe ligeramente muestra su susto, dice, “para nada mi querido Dr. "Es viernes, el tren a esta hora es difícil”. El Dr. “Aquí se les paga para que cumplan con sus funciones”. El jefe, se adelanta intentado bajar el ánimo al Dr. Diciendo,” por supuesto Dr. No se preocupe, le pasó algo”.

Se desploma en un asiento, todos los que están afuera bajan la guardia. El jefe, se levanta, rodea el escritorio, cierra la puerta no sin antes decir con un gesto, tranquilos, váyanse, yo me encargo.

Rosa tímidamente sale casi que en puntillas, respira camino al ascensor pidiendo que esté ahí cuando ella llegue, piensa, ese viejo, pasaron quince minutos, tendré que soportar el hedor de los que ya salieron de sus trabajos porque ya el tren estará que no cabe ni un alma.

Eduardo, el joven. Sonriente como siempre, repite su ritual de despedida pero en voz baja. Se encuentra a rosa en el ascensor, no pierde oportunidad de echarle un piropo a ver si no pierde el día, “rosa, bendito sea el hombre que tenga el honor de salir contigo hoy”. Llega el ascensor, se montan, rosa ni voltea, escribiendo un mensaje de texto.

La Sra. Gómez, sale pomposa, moviendo su voluminoso trasero. Serena porque no le importa el tráfico, su marido la espera todos los días a la cinco de la tarde en punto. Piensa, “qué haré de cena, no tengo harina en la casa, paso por el mercado o no paso. Vamos a ver qué dice el pedro”.

Josué, ya se terminó de poner su chaqueta pero da vueltas en su escritorio, buscando que decir antes de salir. Piensa, me despido, no me despido. Tendré que quedarme, no quiero que pase más tiempo, el tren se pone pesado. Tic, toc, pasan cinco minutos, antes de acercarse a la puerta del jefe, este con una mirada le dice, váyase, sale aprisa al pasillo.

Edgardo, es el último en salir, se levanta de su silla y camina como si las piernas pesaran toneladas. No se da cuenta que él jefe está haciendo señas con la mirada para que no los interrumpa, abre la puerta,” buenas tardes Dr. Pérez, que pasen un buen fin de semana”. Cierra la puerta, el jefe piensa, quería lucirse.

Se cierra la puerta del ascensor en el piso 15, pasaron veinte y cinco minutos después de la cinco, se siente el silencio característico del día viernes. Es un edificio de oficinas que está en el centro de la ciudad, de los últimos que hicieron es el más moderno. Las oficinas están dispuestas a lo largo de un pasillo y tienen puertas de vidrio, desde afuera se puede ver toda la oficina, salvo las que están independiente, porque tienen otro vidrio, si se agudiza la vista, se puede ver algo.

Enfrente de la oficina 15-a se encontraba el Sr. Luis con la escoba. No se define su edad. El pelo ceniciento, estatura baja, extranjero. Su faena empieza a la cinco y hoy llegó a las cuatro. Ese es el último piso y empieza por ahí. Se detuvo en frente observando lo que sucedía adentro, su mente divagó imaginándose lo que ocurría mientras se hacían la cinco.

Todos pasaron a su lado y nadie se imaginó que el Sr. Luis se entretuvo pensado en lo que pasaba en la oficina 15-a.

jueves, 27 de enero de 2011

UN LARGO CAMINO A CASA


Empezaba el año 2001, todo parecía sombrío. La esperanza por tener algún día al niño se desvanecía en el trajinar de día a día. Continuamente me culpaba por haberlo dejado y en ese momento me sentía atrapada en el destino.
La relación que tenía era un caos, casi todos los días era una crisis. Sin embargo a esas alturas no podía avanzar ni tampoco retroceder porque no tenía a donde en ninguna de las dos direcciones según lo veía.
Recién empezó febrero, los conflictos internos se agudizaron. El terror me hacía ser incoherente y distorsionar la realidad. Presionaba pero tampoco tenía a quien presionar. Sentí que pendía de una cuerda muy fina que si me soltaba caería para siempre.
Al final del mes cedí ante la presión con que comenzó el año y que también venía arrastrando y una semana antes de que terminara decidí terminar la relación. Sé que fue una forma de manipulación y él también lo entendió así. Ese día nos manipulamos ambos con el llanto.
Al amanecer, me sentí terrible. En ese momento no tenía certeza de que sería mi vida, ni lo más elemental. Los días y las noches se convirtieron en lo mismo y ya empezaba a confundir uno con el otro.
Al final del día la llamada habitual, aunque no la esperaba. Qué estás haciendo. Con la novedad de que había un señor recién llegado al país por motivos laborales y quería una consulta. Qué podía decirle. Era otra argucia de él.
Me dejé convencer, ya estaba convencida. Igual. Fui al encuentro. Llegamos al lobby y él se perdió en búsqueda del señor. Por un instante que pareció eterno me quedé frente a un cuadro. Todavía me recuerda a la María de Ernesto Sábato en la galería. Su descripción fue tan exacta que me sentí trasportada en ese momento a esa escena de la novela. Pensaba que no debía estar ahí y que debía huir.
En eso me sorprendió un ya estamos aquí. Me volteo. Me quedé petrificada. Una mezcla de euforia, miedo, sorpresa, conocido, tiempo sin verte me abordó al mismo tiempo. Me quedé rezagada ante la pareja de hombres que iba delante de mí.
Llegamos a un restaurant que estaba en otro nivel y ellos como caballeros, esperaron que me sentara. Creo que mi cara era de aturdimiento que se enfrascaron por unos instantes a hablar entre ellos. Luego esperaban que yo emitiera alguna palabra pero no podía articular alguna. Estaba temblando. Me levanté y dije que necesitaba cambiarme y él me excuso con mi capacidad para conectar energías.
Este hombre me estaba penetrando los huesos con su mirada y yo me sentía desnuda. Poco a poco fui relajándome y llegué a sentirme en ambiente. Hasta que me pidieron que tomara su mano para hacer una mejor conexión. Era demasiado. Iba a desmayarme. Seguramente dije muchas cosas incoherentes ese día.
Luego otra vez relajada. Sin darme cuenta me olvidé que el mundo existía. Que mis problemas existían. Que había otro hombre ahí que hasta la noche anterior yo no podía vivir sin él. Habían lapsos donde él interrumpía para decirle al otro, tal vez estas aburrido, te hemos excluidos. Y él otro decía. No tranquilos. Conversen. Busco varias excusas hasta que finalmente fue más directo y dijo, déjame solo con ella.
Yo lo miré diciendo no he hecho nada. Y luego sólo pensaba, se dio cuenta. Cuando estuvimos solos pero no lo suficiente porque él otro sólo se alejó dos metros, me miró a los ojos, creí que me confrontaría pero me hizo una pregunta personal.
No sé cuánto tiempo pasó, pero fue eterno. Hasta que se hizo la media noche y el otro dijo, nos tenemos que ir, cierran el estacionamiento, y bajó. Ahí estuvimos solos. Me levanté y tomó mis manos. Aunque no fueras quien eres me hubiera fijado en ti. Mis sentidos estaban tan alterados que no entendí el significado de esa frase. Luego una promesa. Vuelve mañana. Sí, me esperas, así haya un terremoto volveré. Luego bajamos las escaleras tomados de las manos él primero y yo atrás y al final el otro en el carro viendo el espectáculo. A partir de ese momento nada volvió hacer igual, pero no me di cuenta sino años después.
Volví. Pero encontré otro hombre. Frío, distante, ausente. Me decepcioné pero la emoción del día anterior seguía envolviéndome y embriagándome. Cenamos los tres, luego hicimos un pequeño ritual y nos tomamos las manos. Sentí que el corazón hablaba y él sintió lo mismo.
Luego vino el día siguiente, el tercer día, ya mis miedos, angustias habían desaparecido casi completamente. Al final de la tarde una llamada de despedida. Creí que lo vería en la noche pero no fue así. El otro percibió algo.
Molesta me bajé del carro. Lo que pasó después no lo pensé. Llamé a la operadora y pedí el número del hotel. El primero no era, mi voz fue tan decepcionante que el recepcionista dijo, hay otro hotel con el mismo nombre. Volví a llamar y el recepcionista dijo acaba de subir al ascensor. Deje que repique. Sólo quería decir que sentía que me conocía y si tenía algo que decirme. Cuando contestó dijo, hola, cómo esta. Se me perdieron las palabras, que digo. Me deshice en excusas y cuando pregunté cómo sabes quién soy, he estado esperando tu llamada. Dónde estás para irte a buscar.
Lo demás fue un cuento de hadas. No dormimos juntos pero estaba en el aire. Después de superar el hielo, hizo preguntas, muchas, y la última, qué tienes con él. Por mi mente pasaron varias respuestas. Dije, sólo somos amigos. Dijo, te creo. Después, dijo, no sé si estoy loco, soy esto y lo otro. Hago esto y lo otro. Tengo esto y lo otro. Te quieres ir a vivir conmigo y con tu hijo a otro país.
Tres veces antes me habían hecho la misma propuesta. Las tres veces no respondí. Ese día tampoco. Pero a diferencia, salí corriendo. Me fui. Cuando llegó a su hotel llamó. En la mañana llamé, y era otra persona.
Después pasaron siete meses, y luego pasaron seis años. Luego pasaron cuatro más. Y no he podido besar a alguien más. Y me fui alejando, alejando, y me alejé de todo. Al principio desperté y estuve despierta mucho tiempo. Y luego me volví a dormir en el 2008. He hecho muchas cosas pero no lo principal para despertar y sigo dormida pero estoy soñando que quiero despertar.
Tal vez lo estoy ahora, porque volví a sentir aunque sea emoción reprimida. Estoy buscando algo a qué aferrarme que me dé nuevamente vida.
Sé que este momento al igual que los otros forma parte de mi crecimiento como persona y como ser espiritual.
Me fui dejando de escuchar y de escuchar el poder de sanación que hay en mí. Ahora todo es un limbo. Sin embargo tal vez este espacio representa otra etapa que está por venir. Tal vez estoy abandonando totalmente la que fui y me estoy poniendo un nuevo traje.
Ahora puedo decirme esto a mí y no tengo la necesidad de subestimarme al hablar sin ser escuchada, o sin recibir respuesta.
Entonces, estoy mejor.