Otra semana más de jornada laboral. Atrás quedó el lunes, con el fastidio de tener que salir antes de que todos salgan de sus trabajos en medio del bullicio en la ciudad para montarse en el tren.
Cada quien está atento a la hora que marca el reloj en la pared esperando que sean las cinco de la tarde, hora en que se finaliza la jornada laboral.
Rosa, delgada, alta, cabello largo negro. Sentada en su escritorio, disimuladamente mira el reloj, como quien no quiere. Abre su gaveta y saca un estuche de maquillaje. Piensa, es viernes, donde será la rumba. Qué fastidio, quiero ir al baño antes de la cinco pero el jefe está atento. Sigue fingiendo que está concentrada.
Edgardo, hombre mayor, pero no tanto. De contextura gruesa. No le presta atención a nada. Para él asistir aquel trabajo tedioso es lo mejor que le ha pasado. Dejó su empleo hace algunos años porque salió jubilado. No se quedaría en casa a escuchar la queja de su mujer. Piensa, por mí me quedara todos los días hasta las ocho, aquí son tan miserables que no quieren ni gastar luz.
Eduardo, es joven, corpulento, bien vestido. Está entusiasmado porque ya van hacer la cinco, no oculta su ansiedad y se sienta en la sala contigua a la salida a esperar la hora. Su mente divaga con la chica que conoció a la salida del tren, vivirá cerca, trabajará por aquí, quiero encontrármela.
La Sra. Gómez, muy blanca y de cuerpo rollizo. Con toda su parsimonia levanta su pesado trasero que pasó todo el día acomodado en la vieja silla que han reparado una y otra vez por su peso, mira el reloj, falta un cuarto. Dice,” ya falta un cuarto” en tono cantarín que chilla en los oídos. Todos buscan mirar el reloj con un gesto crispado.
El jefe, hombre de mediana edad, siempre trajeado y con olor lavanda. Frunce el ceño. Inmediatamente se voltea para identificar quién está pendiente de salir a la hora. No permite que nadie se quede pero tampoco le gusta que salgan corriendo como si fuera un colegio. Su oficina tiene la mitad en vidrio, dicen que fue intencional. Su altura le permite estar pendiente de todos con sólo mover su cabeza en un radio de ciento ochenta grados. Piensa, vamos a ver quién es el que sale corriendo, tienen que firmar la hora de salida.
Josué, parece contemporáneo con Edgardo, pero más conservado. El pelo le brilla por la gomina, con bigote. Está al final de la oficina. Desde su posición puede verlos a todo. Se encarga de elaborar la nómina. Actúa como si todos fueran sus enemigos. Los demás se sienten incomodos ante su presencia, creen que le va con cuentos al jefe. Alza sus ojos cansados y con arrugas visibles por encima de los espejos de sus lentes y se fija en rosa. Piensa, ¡ha rosa!, si pudiera invitarla a salir, tan joven, con esas piernas. Su rostro repentinamente evidencia sus pensamientos y rosa voltea, con su mirada le dice mil cosas para luego lentamente mover su cabeza en actitud de sobrada.
Tic, toc, tic, toc, son la cinco. Todos se disponen a levantarse de sus sillas menos Edgardo y el jefe. Las cinco y un minuto, Eduardo muy risueño, quizá pensando en la chica que quiere encontrarse, abre la puerta mientras voltea despidiéndose, “feliz fin de semana”.
De repente se choca con el dueño de la empresa que entra azorado, se asusta, retrocede un paso.” Dr. Pérez, qué le pasa”. El otro con tono irónico, “ya veo que están listos para irse, ni un minuto le regalan a la empresa” mientras se dirige a la oficina del jefe.
Los que están en fila para salir a la libertad se paralizan. Josué, apenas se está colocando su chaqueta cuando escucha el discurso del Dr. Pérez. El jefe adulador se levanta de su oficina, “Dr. Pérez cómo está”. No escuchó el discurso que dio a la entrada. Los que se disponían a salir se devuelven.
“Dígame Sr. Jaramillo, le dice al jefe. Es que esta oficina es una escuela que todo el mundo está esperando que el reloj marque la cinco para irse”. El jefe ligeramente muestra su susto, dice, “para nada mi querido Dr. "Es viernes, el tren a esta hora es difícil”. El Dr. “Aquí se les paga para que cumplan con sus funciones”. El jefe, se adelanta intentado bajar el ánimo al Dr. Diciendo,” por supuesto Dr. No se preocupe, le pasó algo”.
Se desploma en un asiento, todos los que están afuera bajan la guardia. El jefe, se levanta, rodea el escritorio, cierra la puerta no sin antes decir con un gesto, tranquilos, váyanse, yo me encargo.
Rosa tímidamente sale casi que en puntillas, respira camino al ascensor pidiendo que esté ahí cuando ella llegue, piensa, ese viejo, pasaron quince minutos, tendré que soportar el hedor de los que ya salieron de sus trabajos porque ya el tren estará que no cabe ni un alma.
Eduardo, el joven. Sonriente como siempre, repite su ritual de despedida pero en voz baja. Se encuentra a rosa en el ascensor, no pierde oportunidad de echarle un piropo a ver si no pierde el día, “rosa, bendito sea el hombre que tenga el honor de salir contigo hoy”. Llega el ascensor, se montan, rosa ni voltea, escribiendo un mensaje de texto.
La Sra. Gómez, sale pomposa, moviendo su voluminoso trasero. Serena porque no le importa el tráfico, su marido la espera todos los días a la cinco de la tarde en punto. Piensa, “qué haré de cena, no tengo harina en la casa, paso por el mercado o no paso. Vamos a ver qué dice el pedro”.
Josué, ya se terminó de poner su chaqueta pero da vueltas en su escritorio, buscando que decir antes de salir. Piensa, me despido, no me despido. Tendré que quedarme, no quiero que pase más tiempo, el tren se pone pesado. Tic, toc, pasan cinco minutos, antes de acercarse a la puerta del jefe, este con una mirada le dice, váyase, sale aprisa al pasillo.
Edgardo, es el último en salir, se levanta de su silla y camina como si las piernas pesaran toneladas. No se da cuenta que él jefe está haciendo señas con la mirada para que no los interrumpa, abre la puerta,” buenas tardes Dr. Pérez, que pasen un buen fin de semana”. Cierra la puerta, el jefe piensa, quería lucirse.
Se cierra la puerta del ascensor en el piso 15, pasaron veinte y cinco minutos después de la cinco, se siente el silencio característico del día viernes. Es un edificio de oficinas que está en el centro de la ciudad, de los últimos que hicieron es el más moderno. Las oficinas están dispuestas a lo largo de un pasillo y tienen puertas de vidrio, desde afuera se puede ver toda la oficina, salvo las que están independiente, porque tienen otro vidrio, si se agudiza la vista, se puede ver algo.
Enfrente de la oficina 15-a se encontraba el Sr. Luis con la escoba. No se define su edad. El pelo ceniciento, estatura baja, extranjero. Su faena empieza a la cinco y hoy llegó a las cuatro. Ese es el último piso y empieza por ahí. Se detuvo en frente observando lo que sucedía adentro, su mente divagó imaginándose lo que ocurría mientras se hacían la cinco.
Todos pasaron a su lado y nadie se imaginó que el Sr. Luis se entretuvo pensado en lo que pasaba en la oficina 15-a.
Cada quien está atento a la hora que marca el reloj en la pared esperando que sean las cinco de la tarde, hora en que se finaliza la jornada laboral.
Rosa, delgada, alta, cabello largo negro. Sentada en su escritorio, disimuladamente mira el reloj, como quien no quiere. Abre su gaveta y saca un estuche de maquillaje. Piensa, es viernes, donde será la rumba. Qué fastidio, quiero ir al baño antes de la cinco pero el jefe está atento. Sigue fingiendo que está concentrada.
Edgardo, hombre mayor, pero no tanto. De contextura gruesa. No le presta atención a nada. Para él asistir aquel trabajo tedioso es lo mejor que le ha pasado. Dejó su empleo hace algunos años porque salió jubilado. No se quedaría en casa a escuchar la queja de su mujer. Piensa, por mí me quedara todos los días hasta las ocho, aquí son tan miserables que no quieren ni gastar luz.
Eduardo, es joven, corpulento, bien vestido. Está entusiasmado porque ya van hacer la cinco, no oculta su ansiedad y se sienta en la sala contigua a la salida a esperar la hora. Su mente divaga con la chica que conoció a la salida del tren, vivirá cerca, trabajará por aquí, quiero encontrármela.
La Sra. Gómez, muy blanca y de cuerpo rollizo. Con toda su parsimonia levanta su pesado trasero que pasó todo el día acomodado en la vieja silla que han reparado una y otra vez por su peso, mira el reloj, falta un cuarto. Dice,” ya falta un cuarto” en tono cantarín que chilla en los oídos. Todos buscan mirar el reloj con un gesto crispado.
El jefe, hombre de mediana edad, siempre trajeado y con olor lavanda. Frunce el ceño. Inmediatamente se voltea para identificar quién está pendiente de salir a la hora. No permite que nadie se quede pero tampoco le gusta que salgan corriendo como si fuera un colegio. Su oficina tiene la mitad en vidrio, dicen que fue intencional. Su altura le permite estar pendiente de todos con sólo mover su cabeza en un radio de ciento ochenta grados. Piensa, vamos a ver quién es el que sale corriendo, tienen que firmar la hora de salida.
Josué, parece contemporáneo con Edgardo, pero más conservado. El pelo le brilla por la gomina, con bigote. Está al final de la oficina. Desde su posición puede verlos a todo. Se encarga de elaborar la nómina. Actúa como si todos fueran sus enemigos. Los demás se sienten incomodos ante su presencia, creen que le va con cuentos al jefe. Alza sus ojos cansados y con arrugas visibles por encima de los espejos de sus lentes y se fija en rosa. Piensa, ¡ha rosa!, si pudiera invitarla a salir, tan joven, con esas piernas. Su rostro repentinamente evidencia sus pensamientos y rosa voltea, con su mirada le dice mil cosas para luego lentamente mover su cabeza en actitud de sobrada.
Tic, toc, tic, toc, son la cinco. Todos se disponen a levantarse de sus sillas menos Edgardo y el jefe. Las cinco y un minuto, Eduardo muy risueño, quizá pensando en la chica que quiere encontrarse, abre la puerta mientras voltea despidiéndose, “feliz fin de semana”.
De repente se choca con el dueño de la empresa que entra azorado, se asusta, retrocede un paso.” Dr. Pérez, qué le pasa”. El otro con tono irónico, “ya veo que están listos para irse, ni un minuto le regalan a la empresa” mientras se dirige a la oficina del jefe.
Los que están en fila para salir a la libertad se paralizan. Josué, apenas se está colocando su chaqueta cuando escucha el discurso del Dr. Pérez. El jefe adulador se levanta de su oficina, “Dr. Pérez cómo está”. No escuchó el discurso que dio a la entrada. Los que se disponían a salir se devuelven.
“Dígame Sr. Jaramillo, le dice al jefe. Es que esta oficina es una escuela que todo el mundo está esperando que el reloj marque la cinco para irse”. El jefe ligeramente muestra su susto, dice, “para nada mi querido Dr. "Es viernes, el tren a esta hora es difícil”. El Dr. “Aquí se les paga para que cumplan con sus funciones”. El jefe, se adelanta intentado bajar el ánimo al Dr. Diciendo,” por supuesto Dr. No se preocupe, le pasó algo”.
Se desploma en un asiento, todos los que están afuera bajan la guardia. El jefe, se levanta, rodea el escritorio, cierra la puerta no sin antes decir con un gesto, tranquilos, váyanse, yo me encargo.
Rosa tímidamente sale casi que en puntillas, respira camino al ascensor pidiendo que esté ahí cuando ella llegue, piensa, ese viejo, pasaron quince minutos, tendré que soportar el hedor de los que ya salieron de sus trabajos porque ya el tren estará que no cabe ni un alma.
Eduardo, el joven. Sonriente como siempre, repite su ritual de despedida pero en voz baja. Se encuentra a rosa en el ascensor, no pierde oportunidad de echarle un piropo a ver si no pierde el día, “rosa, bendito sea el hombre que tenga el honor de salir contigo hoy”. Llega el ascensor, se montan, rosa ni voltea, escribiendo un mensaje de texto.
La Sra. Gómez, sale pomposa, moviendo su voluminoso trasero. Serena porque no le importa el tráfico, su marido la espera todos los días a la cinco de la tarde en punto. Piensa, “qué haré de cena, no tengo harina en la casa, paso por el mercado o no paso. Vamos a ver qué dice el pedro”.
Josué, ya se terminó de poner su chaqueta pero da vueltas en su escritorio, buscando que decir antes de salir. Piensa, me despido, no me despido. Tendré que quedarme, no quiero que pase más tiempo, el tren se pone pesado. Tic, toc, pasan cinco minutos, antes de acercarse a la puerta del jefe, este con una mirada le dice, váyase, sale aprisa al pasillo.
Edgardo, es el último en salir, se levanta de su silla y camina como si las piernas pesaran toneladas. No se da cuenta que él jefe está haciendo señas con la mirada para que no los interrumpa, abre la puerta,” buenas tardes Dr. Pérez, que pasen un buen fin de semana”. Cierra la puerta, el jefe piensa, quería lucirse.
Se cierra la puerta del ascensor en el piso 15, pasaron veinte y cinco minutos después de la cinco, se siente el silencio característico del día viernes. Es un edificio de oficinas que está en el centro de la ciudad, de los últimos que hicieron es el más moderno. Las oficinas están dispuestas a lo largo de un pasillo y tienen puertas de vidrio, desde afuera se puede ver toda la oficina, salvo las que están independiente, porque tienen otro vidrio, si se agudiza la vista, se puede ver algo.
Enfrente de la oficina 15-a se encontraba el Sr. Luis con la escoba. No se define su edad. El pelo ceniciento, estatura baja, extranjero. Su faena empieza a la cinco y hoy llegó a las cuatro. Ese es el último piso y empieza por ahí. Se detuvo en frente observando lo que sucedía adentro, su mente divagó imaginándose lo que ocurría mientras se hacían la cinco.
Todos pasaron a su lado y nadie se imaginó que el Sr. Luis se entretuvo pensado en lo que pasaba en la oficina 15-a.

